Encuentro inesperado. 2026
Encuentro inesperado. 12/4/2026
He dejado de ser espontáneo en mi pintura al óleo, como lo era hace unos años cuando me enfrentaba al papel en blanco sin tener muy claro qué plasmar ahí, pasando ahora a ser más reflexivo, buscando aquello que me provoca, en la intuición para escoger qué observo, fotografío y pinto, que me sirva de guion para dar así un substrato más a esa imagen buscada, sea la que sea y como sea, redondeando el mensaje que la obra pueda transmitir al supuesto espectador, intrigándole, obligando a esa persona, pero fundamentalmente a mí, ver más allá de colores, líneas o formas que se muestren en ese objeto llamado cuadro, sin ser metafísico, lo cual no quiere decir que lo consiga, pero el empeño ahí está desde que en alguna ocasión empecé a pintar óleos tras presentar algún concurso de arquitectura, quizás para relajarme mentalmente, cuando aún restaban por la cabeza volumetrías, imágenes o circunstancias inconexas que se transformaron en cuadros , véase TRÍPTICO DE VIAJE A CADIZ o AVILA.
EL HOMBRE BLANCO de Lyonel Feininger de 1907, ha sido quien más me ha provocado en ese sentido, cuyo poster veo cada día por tenerlo expuesto en el baño de mi casa, aunque solo sea de pasada. Primero fue la composición con ese personaje blanco en primer término que aparentemente rompe la escala, y el otro, negro, en segundo término. Qué querría decir con ello, porque quedaba manifiesto una voluntad de transmitir. Más tarde leí que había una imagen precedente, anterior a su llegada a Paris – era de Nueva York -, un supuesto retrato del director de la revista americana donde publicaba sus ilustraciones/caricaturas, antecedente similar del óleo que comentamos, pero que también podría ser él, por la similitud entre su constitución con la del personaje blanco, siendo la figura negra su “alter ego”, lo oculto del pintor, aunque el propio Museo Thyssen, poseedor de la obra, indicaba que Luckhardt, estudioso del pintor, lo desmentía; sin embargo, la referencia encontrada en que la yuxtaposición hombre blanco y negro señalaba una ruptura frente a los convencionalismos del pasado, parecía una lectura válida aunque también discutida.
Esta última lectura prometía, daba juego, sirviéndome para realizar bocetos a lápiz y digitales, de lo que podría ser un nuevo cuadro mío, … y como me comentó un amigo, ¡habría que verlo! No recuerdo cómo, pero empecé a indagar sobre Feininger, quizás por ser profesor de la Bauhaus, escuela que tuve muy presente desde mi inicio en los estudios de arquitectura, también por la ubicación de la escena en Paris, y por la coincidencia de las fechas con la escultura del HOMBRE QUE CAMINA de Rodin de 1900, que se fundió en bronce en 1907, mismo año que el cuadro de Feininger, escultura en la que también se basó Alberto Giacometti en su escultura del mismo nombre de 1960, en referencia al nuevo hombre y su fragilidad, que se levanta después de dos guerras mundiales, hombre solitario que a pesar de estar destrozado, camina frente a la energía, vitalidad y libertad del hombre de Rodin.
Una composición con todos ellos podía ser válida, por la coincidencia o cercanía de sus fechas entre ellos, ¡algo tendrían que decirse! … utilizar el mismo enclave urbano parisino del cuadro de Feininger fue con lo que trabajé inicialmente, pero más tarde viendo una fotografía mía de Barcelona, de la Diagonal con paseo de Gracia, me llevó a rechazarla, atrayéndome la idea de optar por un icono de ciudad moderna como es Barcelona, pues me faltaba introducir otro elemento importante en ese juego de fechas, en esa escenografía, que era aportar qué buscamos los del 2026 ¡empeño complejo! que se concretaría por una mirada perversa entre el Hombre Blanco y el Hombre que camina de Giacometti, dando paso al supuesto asombro de la evolución.
Mientras Feininger mostraba el cambio por la forma y color del ropaje, en los otros dos la imagen era más conceptual, hombre sin cabeza ni brazos frente a hombre filiforme, … podía haber algo interesante entre ellos.
Faltaba saber qué hacía yo … ¡y en eso me encuentro!